dilluns, 12 d’abril de 2010

Texto sobre el rojo. Batalla del Ebro.



Era una noche de invierno, exactamente la del 14 de noviembre de 1938. Estábamos haciendo guardia en la línea fortificada de La Fatarella. Cuando estaba amaneciendo, recibimos un aviso, una agrupación del Ejército Nacional con la ayuda de más de 15 divisiones y toda la aviación, tanques y artillería se proponían rodearnos y destruirnos, por lo que teníamos que actuar rápidamente. Lo que íbamos a hacer era muy difícil y arriesgado: teníamos que escapar cruzando el río, un sitio en donde íbamos a convertirnos en un blanco muy, muy fácil. Cogimos lo esencial para sobrevivir y nos fuimos corriendo. El Ejército Nacional avanzaba rápidamente y ya se oían los primeros disparos, los primeros gritos de dolor, también cómo los tanques dejaban ir sus misiles que estallaban en las zonas en donde aún había compañeros refugiados, y los aviones que podían oírse desde kilómetros de distancia.
Ya llegábamos al río, todos teníamos mucho miedo, nos enfrentábamos cara a cara con la muerte y el temor que eso nos producía nos hacía dudar. Los más valientes saltaron al agua y se pusieron a nadar lo más rápido posible, alejándose de las tropas enemigas, mi compañero inglés Bryan y yo veíamos cómo masacraban a nuestros compañeros y cómo cada vez estaban más cerca. Bryan dijo que no quería morir aún, no paraba de repetir que tenía mucho miedo. Al final, gritando, se lanzó hacia un mar de balas en el que se perdió para siempre. Muerto de miedo y conmovido por la valentía de mi amigo, me decidí a gatear hasta llegar al río y saltar adentro.
El agua tenia un color rojizo, rojo como el color de la cinta que llevaba en el pelo la enfermera ante la que me desperté a los dos días en el hospital de campaña en el que, según me contaron, me trajeron algunos soldados que se escapaban en una barca. Tengo algún recuerdo muy lejano de haber sentido un intenso dolor en la espalda. Al despertar, la tenía vendada, por lo que deduzco que me dispararon y quedé inconsciente.
La mujer sabía hablar un poco el castellano, me hacía preguntas y más preguntas, que cómo me llamaba, que cuántos años tenia, que donde estábamos instalados,... Supuse que era algo rutinario, yo contestaba casi sin saber lo que decía, me quedaba embobado, yo creo que cualquiera lo habría hecho: tenía el pelo castaño, los ojos verdes, unos labios que nunca se pintaba pero que a mi me gustaban especialmente. Cada día me curaba las heridas pero ya nunca decía nada, hasta el día en que me atreví a hacer yo las preguntas. Empecé nuestra primera conversación:<< ¿Por qué roja? ¿Es parte de tu traje? >> Me miró con una cara de sorpresa pero sin decir nada, rápidamente añadí: <<>> <<>> contestó ella. Tengo que decir que me quedé sorprendido de lo que había mejorado en su castellano, seguía teniendo un acento inglés pero que cada vez se le notaba menos <> <<>> <<>> Ella recogió una libreta y un par de vendas. Yo la miraba y no me cansaba de hacerlo, ella me miró fijamente a los ojos un par de segundos y me dijo: <> y me dedicó una sonrisa que nunca olvidaré. Mi corazón palpitaba muy fuerte. Por un momento pensé que me estaba enamorando, era una sensación muy rara, desde el primer día había puesto mi atención en aquella chica, me gustaba especialmente, los otros soldados que había allí conmigo se fijaban en las muchachas inglesas rubias, con ojos azules y con un buen par de tetas, pero yo no. Había pasado una semana desde que llegué en ese hospital y cada día intentaba charlar con Caroline.
Siempre llevaba la misma diadema, me encantaba. Cada vez que le preguntaba algo me contestaba sonriendo e incluso alguna vez noté cómo se ponía roja, tenía vergüenza, un día, le dije:<>Me miró con una cara de asco y me soltó:<< ¡Bah! Sois todos unos cerdos, esas guarras…>> Me quedé sorprendido y me apresuré a contestar: <> Ella ya no sonreía, pero se había puesto aún más roja de lo normal, casi como su diadema. De nuevo, recogió su libreta y las vendas y se marchó, pero esta vez, antes de salir se detuvo, se giró y me dijo con una voz muy suave: <<>>
Al día siguiente, entró otra vez, con su diadema roja, sus ojos verdes, y melena castaña, me miró a los ojos y me dijo: <> Me quedé muy sorprendido: de golpe todo lo que había conseguido se iba a ir en una camioneta vieja hacia quien sabe dónde. Nadie me había dicho nada, supongo que entonces ella me lo estaba diciendo. << ¿Cuándo? >> pregunté con cara de sorpresa y tristeza: <> No sabía qué hacer, estaba enfadado, triste, afectado, todo lo que sentía por aquella chica no había servido para absolutamente nada, me decidí a actuar, a demostrarle todo mi amor: me levanté de la cama, me dolía la espalda, pero me daba igual, más me dolería si la dejaba escapar, ella no paraba de decirme que me tumbara, que llamaría al doctor. La miré fijamente a los ojos, me armé de valor y le dije:
<>
Callé un momento, ella estaba sorprendida, por fin le dije:
<<>>
Ella lloraba. Sus ojos verdes desprendían lágrimas azules y, entre sollozos, me dijo: <>
Ahora yo también lloraba, nos miramos a los ojos y sin pensármelo dos veces la besé, fue el mejor beso que he dado en la vida, ella puso una mano en mi nuca y la otra en mi cintura. Yo no sabía cómo estar, no puedo describir cómo me sentía, era algo muy especial. De repente paró, se giró, y se marcho igual como había venido, pero ahora lloraba. Se había ido para siempre.
A la mañana siguiente, encontré su diadema roja encima de la mesa en donde estaba el material para las curas y un papel en el que ponía: “Nunca te olvidaré. Caroline.”

Ot Boquera Guarch

2 comentaris:

  1. Ot, la narración es excelente.
    Lástima que cada vez que hablen los personajes no me salga lo que dicen. Aunque no me ha supuesto ningún problema para seguir el curso de la narración me hubiera gustado saber que decían.
    Me gusta mucho como enlazas la escena del chico, cuando éste se tira al río y lo ve rojo con la escena que aparece en el hospital con Caroline y su cinta roja. No sé si me explico.
    Sònia Gil

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  2. a mi tambien me ha gustado mucho, aunque tampoco veo los dialogos, y no se acaba de entender.
    me parece una historia muy bonita, aunque sea un tema un poco tipico esta muy bien redactado y de forma original, me ha gustado.
    Ona Benach

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